De camino al restaurante del Centro Gallego en Steinhausen se me cruzó un gato negro.
Instintivamente agarré el volante con más fuerza.
Por unos segundos temí que algo me saliera mal. Me revolví incómoda en el asiento del coche, y me esforcé en apartar ese pensamiento.
Pero qué podría ocurrir? Que al cocinero le quedara la empanada seca o que no hiciera el arroz con amor?
Aunque a los gallegos nos tachan de supersticiosos no me gusta ampararme en ese cliché.
En la puerta me encontré con Martha, Mónica y Lali. Hacía algún tiempo que no veía a Mónica y tuve que mirar dos veces para reconocerla.
Ya dentro había una mesa preparada en el centro del local para las 22 personas que nos reuníamos este jueves. Mientras tomaban asiento me dirigí a la cocina a indagar qué se cocía.
Regresé al coche porque se me había olvidado la lista con los nombres de las comensales, y me topé con Fran, favorecidísima con su nuevo corte de pelo.
La mesa se fue llenando despacio, y no se completó hasta las dos de la tarde.
Lali pedía prosecco, pero yo quería aprovechar la ocasión para que probaran un Albariño. Se abrió una botella de Terras Gauda y para mi sorpresa se acabó antes de lo esperado.
A las 12.27 y sin completar la mesa comenzaron a servir las tortillas de patata, el pulpo y los pimientos de padrón que Luis Rodríguez siempre prepara tan bien y que hicieron nuestras delicias. Inmediatamente trajeron la empanada. Estaba seca!
Me pregunté cómo era posible que un cocinero profesional que había aterrizado esta semana en Suiza expresamente para dar un curso de cocina a los socios del Centro Gallego, que regenta un restaurante en Santiago de Compostela y otro en Allariz, en la provincia de Ourense, que tiene un espacio sobre cocina en un programa de la televisión gallega, que ha publicado un libro de cocina,
y que acaba de grabar un programa para televisión española en Bolivia que saldrá proximamente en antena, fuera capaz de hacer, en mi opinión, la peor empanada que he probado en mi vida!!!
Todo hay que decirlo, el horno llevaba dando problemas toda la semana durante el curso de cocina.
Tampoco acertó con el arroz, sí que era negro y llevaba sepia, pero no se parecía ni un ápice en aspecto y sabor al arroz negro con sepia que el martes nos enseñó a preparar a los socios del citado centro. Me gustó tanto entonces que lo sugerí como plato para nuestro almuerzo del jueves. Pero a éste le faltaba todo el sofrito de pimiento, zanahoria y tomate que el pasado martes coloreaban la paellera. Y allí se quedó, en los platos.
Maldito gato!!!
Terminó el almuerzo con crema catalana y cafés.
Fue en ese momento cuando hicieron aparición el gaiteiro y sus acompañantes tocando el tambor y algo parecido a dos conchas de vieira.
Entre ellos estaban el presidente y el vicepresidente del centro Gallego, el cual también ejerció muy amablemente de camarero durante toda la comida. Alucino y agradezco enormemente que estos paisanos se ofrezcan de forma altruista a tocar la música que conocen para que nosotras lo pasemos bien.
Pues sólo se les ocurre comenzar tocando una muñeira. Yo estaba tan tranquila sacando fotos, hasta que noto que me hierve la sangre, y los pies y el corazón tiran de mi y me acercan a los músicos, sin hacer caso a mi cerebro que me recrimina: pero no hagas el ridículo por favor, otra vez no… y ahí estoy, dando brincos, los brazos a la izquierda y luego a la derecha, los pelos y los pechos sube y baja, y los pies todo lo fieles que recuerdo a los pasos que aprendí de niña.
Menos mal que me había puesto zapato plano porque me imaginaba que sería una comida ajetredeada.
De bailar la jota pasé.
Después del show se hizo un poco de sobremesa excepto las que tenían que recoger a los niños del colegio como es habitual.
Cuando ví a Anahí sacar el gloss y retocarse pensé que esto estaba llegando a su fín.
Pero todavía nos reímos con algunas picardías sobre yogures naturales y zumos de grosellas, tranquilas, relajadas, apurando un par de botellas de agua, gentileza de la casa.
Creo que fui la última en salir.
Fue un contraste tremendo volver a este sitio para el curso de cocina de la tarde. La gente que lo sigue no tiene ni tiempo libre para comer con amigas entre semana, ni hijos en colegios internacionales, y es gente que ha venido a Suiza como último recurso para encontrar una vida digna. Yo por de pronto me cambié de jersey, para no manchármelo y para no brillar.
No le dije nada al cocinero más que gracias. No daba crédito a lo que había hecho, cómo lo había hecho, y le observaba intentando averiguar por qué. Además me daba miedo que se sorprendiera de mi comentario.
Matices culinarios aparte, estuvimos muy a gusto y algunas pudieron poner cara a los nombres y direcciones de email que hemos estado intercambiándonos.
Hoy de vuelta del colegio de mis hijos se me cruzó otro gato, de color pardo.
Y respiré hondo.




